Mamá ya no está

 Me desperté sobresaltada por el horrible sonido del despertador. Mi mente estaba debatiendo entre levantarme o quedarme 5 minutos más en la cama. Finalmente me levanté, de mal humor como siempre, y bajé las escaleras para ir a la cocina. 

Para mi sorpresa, el desayuno no estaba preparado en la mesa, ni el uniforme planchado y colgado en la puerta, ni mi merienda preparada al lado de mi mochila. ¿Qué había pasado? ¿Acaso a mamá se le habían pegado las sábanas y no había hecho absolutamente nada?

Subí corriendo escaleras arriba y entré en su dormitorio, no había nadie. La cama estaba hecha y la ventana estaba abierta para que se airease la habitación. Todo estaba muy bien colocado aunque los muebles tenían un poco de polvo. 

Le llamé por teléfono pero me saltó el contestador, tenía el móvil apagado. 

¿Qué iba a hacer yo ahora? ¿Quién me haría el desayuno, me plancharía la ropa y me prepararía la merienda para hoy?

Fui a la habitación de Lucas, mi hermano mayor, y se estaba poniendo el uniforme para ir a clase. 

- ¿Se puede saber dónde está mamá? - Le pregunté de brazos cruzados apoyándome en el marco de la puerta.

- Daniela, ¿Cuándo piensas asimilarlo? Mamá ya no está.

Instantáneamente me separé del marco, noté como la expresión de la cara cambiaba por completo y comencé a sentir como la angustia se apoderaba de mi.

- ¿Cómo que mamá ya no está? - Le dije tartamudeando.

- Pues eso, que mamá ya no está. Mañana hará un año desde su muerte, ¿Es que ya no te acuerdas?

En el momento en el que soltó esas palabras por su boca comenzaron a caer lagrimas por mis mejillas, y vinieron a mi mente los recuerdos de todos esos momentos en los que yo la traté mal, en los que ella intentaba pasar tiempo conmigo pero yo le daba la espalda, en los que ella trataba de hacer todo lo posible para que no me faltase de nada y para que yo fuese feliz y yo no lo valoré.

- Mamá ya no está, mamá ya no está, mamá ya no está... - Esas tres palabras no paraban de sonar en mi cabeza, una y otra vez.

Fue ahí cuando me di cuenta de que el dicho era verdad, no valoramos lo que tenemos hasta que lo perdemos, y desgraciadamente yo la había perdido y no había vuelta atrás. 

Me fui deslizando poco a poco por la pared y lo único que salió de mi fue llevarme las manos a la cara y ponerme a llorar. 

Sonó el despertador y me levanté, de nuevo, sobresaltada de la cama. Miré el despertador, eran las ocho de la mañana. Estaba sudando, con las sábanas tiradas en el suelo y con el pelo pegado a mi cara por el sudor. 

Pegué un brinco de la cama y bajé corriendo las escaleras. 

Mamá estaba allí, friendo los huevos y el beicon como todas las mañanas hacía. El uniforme estaba planchado y colgado en la puerta, y mi merienda estaba lista junto a mi mochila.

Comenzaron a brotar lágrimas de mis ojos.

- Buenos días cariño. - Dijo ella tan alegre como siempre. 

Fui corriendo hacia ella y le pegué un achuchón tan fuerte que se empezó a quedar sin aire.

- ¿Se puede saber qué bicho te ha picado? - Dijo ella muy sorprendida por la actitud de esa mañana.

- Gracias por todo mamá.

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